EL NUEVO ROBINSON.

David Glasheen frente a su isla y junto a su perro Quasi en 2010 (Brian Cassey/The New York Times)Es posible que a David Glasheen le arrebaten dentro de poco el título que durante casi 20 años ha acompañado a su nombre: el de Robinson Crusoe del siglo XXI. Se lo ganó a pulso cuando, en 1996, se mudó por voluntad propia a vivir a una zona desierta de una remota isla de Australia llamada Restoration.

Todavía sigue ahí, viviendo sin más compañía que su perro Quasi. Farey, que ahora tiene 69 años,  vive sin agua caliente ni lavadora ni muchos otros lujos materiales.

Este empresario se mudó a la isla, a cambio de pagarle cada año 20.000 dólares australianos al gobierno del país, cuando vio que no lograba levantar cabeza tras el crash de 1987, donde perdió varios millones, y concluyó que sería más fácil vivir a espaldas de la civilización. “Quería una vida menos estresante y estaba convencido de que tenía que existir en algún sitio”, recuerda.

Y de esa Restoration (de la que ahora solo alquila unas pocas hectáreas) puede tener que irse para vivir, obligado, de nuevo en sociedad: el Tribunal Supremo de Queensland ha considerado que está incumpliendo su promesa de 1996, cuando se comprometió a desarrollar un resort turístico en la isla a cambio de vivir en ella. Por tanto, va a tener que irse.

Así que es posible que se le hayan terminado los días de beber leche de coco, comer hojas de limón y alcaparras, y de plantar col china, tomates y maíz; de fermentar su propia cerveza e intercambiársela a algunos marineros a cambio de marisco. Lo que lleva haciendo, en otras palabras, todos estos años.

Fue la vida que durante un tiempo compartió con su novia, a la que no pudo retener después de que tuvieran un hijo en la isla (aunque la mujer aguantó seis meses con el recién nacido hasta que decidió volverse a la civilización). Así que pasa sus días solo, salvo ese viaje anual que hace a la ciudad de Cairns (a 1.000 kilómetros) para “comprar condimentos y otras cosas especiales”.

De hecho, se hizo muy famoso en 2009 cuando publicó en un perfil en una página web de contactos buscando una novia real. En él, se podía leer “La preciosa isla de coral en la que vivo es el sueño de todo náufrago”. El problema es que muy pocas de las cientos de mujeres que le contestaron le interesó lo más mínimo. “Hay mucha loca por ahí suelta”, explica.

Habló con seis mujeres en Australia, pero en cuanto les contó que vivía en una situación que requiere cantidades enormes de trabajo y planificación, y de depender del sol para tener electricidad, no le contestaron. “A mucha gente le gusta la idea de visitarme”, dice. “Pero el no poder ir de compras cada mes es algo que le cuesta a muchas mujeres”.

Ahora se le considera un intruso en su propia isla y va a tener que irse, aunque no sin antes recurrir la decisión de Tribunal Supremo. De todas formas, es posible que volver a la civilización a los 69 años no sea algo malo. Por mucho que afirme vivir “literalmente, en un Cielo en la Tierra”, admite que “a veces me siento desesperadamente solo”.

Fuente: Daily Telegraph / The New York Times

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